Mario, Sonic y Lara Croft cumplen años redondos y reafirman su estatus de leyendas del videojuego
Nunca compartieron escenario de forma plena, más allá de cruces puntuales y del imaginario colectivo de varias generaciones. Sin embargo, en 2026 los principales iconos del videojuego coinciden en una celebración simbólica: Mario y Donkey Kong cumplen 45 años; Zelda y Link, 40; Sonic alcanza los 35; y Pikachu, Lara Croft y Crash Bandicoot llegan a los 30. Un aniversario múltiple que funciona como homenaje a la edad de oro de la industria y como recordatorio de cómo estos personajes lograron trascender la pantalla para instalarse en la cultura popular.
La lista resulta tan diversa como reconocible: un fontanero bigotudo, una arqueóloga aventurera, un erizo hiperveloz, un guerrero silencioso, un mono con corbata o un marsupial en zapatillas. Figuras que hoy son marcas globales y que surgieron en un contexto radicalmente distinto al actual, cuando el mercado era reducido, la competencia limitada y la creatividad operaba con menos corsés industriales.
El intento más ambicioso de reunirlos llegó con Super Smash Bros. Ultimate (2018), que concentró a buena parte de estas leyendas —con la notable ausencia de Lara Croft— junto a otras franquicias históricas como Metroid o Castlevania, también cuarentañeras. Un cruce difícil de replicar en cualquier otra disciplina cultural y cada vez más complejo incluso dentro de una industria que hoy produce cientos de títulos al año.
En los años ochenta y noventa, explica Chip Carter, uno de los pioneros del periodismo especializado en videojuegos, el impacto fue posible porque “todos jugaban a lo mismo”. Mario no solo inauguró una saga: fue, para muchos, el primer contacto con el medio. Nintendo entendió pronto el valor de sus personajes y los convirtió en universos propios, mientras Sega respondió con Sonic, concebido como una mascota fácilmente reconocible y dibujable, pensada para competir de igual a igual.
Ese periodo de experimentación, descrito por varios de sus protagonistas como un “Salvaje Oeste creativo”, permitió la aparición de figuras que definieron época. Crash Bandicoot nació como emblema de la primera PlayStation; Lara Croft irrumpió en 1996 con una propuesta distinta, más adulta y narrativa, aunque marcada por una representación femenina que hoy se revisa con mirada crítica. Pese a previsiones modestas, Tomb Raider vendió millones y convirtió a su protagonista en un fenómeno mediático.
No todas las mascotas sobrevivieron. La evolución tecnológica y cultural fue implacable con quienes no lograron renovarse. Mario, en cambio, sí lo hizo: la saga acumula más de 450 millones de copias vendidas y sigue buscando fórmulas para recuperar la sorpresa original, como reconocen sus propios desarrolladores. La clave, coinciden expertos, está en combinar carisma con capacidad de adaptación.
Para el abogado especializado en propiedad intelectual Kirk Sigmon, la longevidad de estos personajes se explica también por el vínculo emocional con el público. No solo se consumen: se recuerdan, se reinterpretan y se defienden. Ese fandom, advierte, puede ser motor de éxito, pero también un límite cuando bloquea cualquier intento de cambio.
Hoy, estos iconos se mueven con soltura fuera del videojuego: cine, series, ropa, juguetes y eventos internacionales. Mario y Sonic triunfan en la gran pantalla; Lara Croft prepara nuevos juegos y una serie que reinicia su historia; Zelda se encamina a su debut audiovisual. Frente a ellos, personajes más recientes —como Ellie, Kratos o el Agente 47— aún no alcanzan el mismo grado de penetración cultural.
Según el académico Antonio Planells, el secreto está en haber construido arquetipos duraderos. Link, por ejemplo, actualiza el viaje del héroe y se mantiene vigente incluso a través de su música, interpretada hoy por orquestas de todo el mundo. Sonic, por su parte, simbolizó una época marcada por la rivalidad Sega-Nintendo y encontró una segunda vida gracias al cine.
El sector, más maduro y masivo que nunca, enfrenta ahora un reto distinto: exceso de oferta y atención fragmentada. En ese contexto, algunos de los éxitos recientes reivindican la sencillez como valor diferencial. Una lección que estos aniversarios refuerzan: la innovación no siempre pasa por la complejidad, y los grandes mitos, cuando están bien construidos, envejecen mejor que nadie. Ni siquiera a los 45 años.
Fuente: El País


