Una rebelión sin precedentes sacude a la NASA. Cerca de 300 empleados y exempleados de la agencia espacial firmaron una carta abierta dirigida a Sean Duffy, actual jefe interino de la NASA y secretario de Transportes, para rechazar de forma contundente los recortes presupuestales propuestos por la administración de Donald Trump. La carta, titulada Declaración Voyager, alerta sobre los efectos devastadores que tendría reducir a la mitad el presupuesto científico del organismo.
"Nosotros discrepamos", repiten los firmantes a lo largo del manifiesto, en el que acusan que los recortes “comprometen la seguridad humana, desperdician recursos públicos, debilitan la seguridad nacional y socavan la misión de la NASA”. La misiva también denuncia la intención del Gobierno de imponer estos ajustes presupuestales en contravención del mandato del Congreso, encargado constitucionalmente de aprobar el gasto público.
El documento, firmado de forma anónima por más de 150 personas por temor a represalias, invoca el reglamento interno de la NASA que permite expresar discrepancias formales cuando se considera que una medida contraviene los intereses de la institución. Asimismo, recuerda que el estatuto de la agencia fomenta la libre expresión de ideas y opiniones técnicas sin consecuencias laborales.
Entre los firmantes y adherentes figuran más de 20 premios Nobel y destacados científicos de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., incluyendo a Carolyn Bertozzi y Ardem Patapoutian. Todos advierten que recortes de esta magnitud harían inviables futuras misiones del calibre de las Voyager 1 y 2, emblemas de la exploración científica del espacio desde 1977.
El malestar interno ya ha cobrado sus primeras consecuencias visibles. Makenzie Lystrup, directora del Centro Goddard de Vuelo Espacial —donde se desarrollaron los telescopios Hubble y James Webb—, presentó su renuncia horas después de la publicación de la carta. Aunque evitó hacer críticas explícitas, su dimisión se interpreta como una señal de rechazo a los recortes que habría tenido que aplicar en una de las unidades más emblemáticas de la NASA.
A esta salida se suma la renuncia, en mayo, de la directora del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL), centro responsable de las propias sondas Voyager. Ambas renuncias ocurrieron tras conocerse los planes de Trump de reorientar a la NASA hacia misiones espaciales tripuladas con fines comerciales, alineadas con los intereses de Elon Musk y su socio Jared Isaacman.
Isaacman, propuesto inicialmente como director de la NASA, fue retirado por Trump tras su ruptura política con Musk. En su lugar, el expresidente nombró de forma interina a Sean Duffy, un exconcursante de reality shows sin experiencia científica ni formación técnica en temas espaciales, pero con plena alineación con los nuevos objetivos del Ejecutivo: desplazar la investigación científica y priorizar los viajes tripulados a Marte.
La ofensiva contra la NASA científica ha encontrado freno en el Congreso. Varios senadores, entre ellos el republicano Ted Cruz, lograron incluir una enmienda dentro de un proyecto de ley federal que obliga a mantener la financiación de misiones lunares y estaciones espaciales. Estas operaciones, vitales para las economías de estados como Texas y Alabama, también forman parte de la resistencia interna del Partido Republicano a la agenda marciana de Trump.
Además, el Senado ha elaborado una propuesta presupuestaria que destina a los programas científicos de la NASA en 2026 una cifra equivalente a la de 2025: 7.300 millones de dólares, prácticamente el doble de lo que propone la Casa Blanca. El texto legislativo advierte que la cancelación de misiones sin justificación técnica "puede frenar el liderazgo estadounidense en el espacio".
Misiones actualmente activas como Mars Odyssey, Juno o New Horizons corren el riesgo de ser interrumpidas si avanzan los recortes. Según los trabajadores firmantes, también peligran colaboraciones internacionales, el sistema de seguridad técnica para astronautas y la participación en programas robóticos de exploración planetaria.
La Declaración Voyager no solo refleja un desacuerdo técnico: representa un punto de quiebre institucional en uno de los pilares científicos más respetados del gobierno estadounidense. Con un liderazgo interino sin respaldo científico, un clima de censura interna y el éxodo de figuras clave, el futuro inmediato de la NASA se disputa en medio de una batalla política entre la ciencia, la ideología y los intereses privados.
Trump, por ahora, parece decidido a imponer su visión. Pero la resistencia técnica, política y científica se articula con fuerza para impedir que la NASA abandone su vocación investigadora, su independencia operativa y su legado como vanguardia del conocimiento espacial.
Fuente: El País